Europa vuelve a mirar el gas con miedo. La escalada militar en Oriente Medio reabrió el problema de seguridad energética justo cuando el continente entra en la fase crítica del año: reponer reservas para el próximo invierno.
Desde 2022, Europa reemplazó gran parte del gas por gasoducto con importaciones de gas natural licuado. En 2025, la Unión Europea importó más de 140.000 millones de metros cúbicos de GNL y el 58% llegó desde Estados Unidos. Catar aporta hasta el 15% de esas importaciones.
El problema es la ruta. La escalada provocó la paralización del estrecho de Ormuz, el principal corredor marítimo de petróleo y gas del mundo. Tras el inicio de los ataques, Irán anunció restricciones a buques comerciales en la zona y decenas de embarcaciones cargadas de crudo, GNL y derivados quedaron fondeadas en el golfo Pérsico.
A esto se sumó una señal de pánico desde Catar: QatarEnergy suspendió la producción de gas natural licuado en su complejo de Ras Laffan, el mayor del mundo, tras un ataque con dron que impactó un tanque de agua en las instalaciones. Si Catar reduce exportaciones, el mercado global se aprieta y Europa queda obligada a competir con Asia por cargamentos disponibles.
El resultado fue inmediato en precios. El gas en la bolsa europea superó este martes los 700 dólares por 1.000 metros cúbicos por primera vez desde enero de 2023. Los futuros del TTF abrieron con alzas y en menos de una hora saltaron hasta 710.8 dólares por 1.000 metros cúbicos, cerca de 59 euros por MWh.
El riesgo no es solo el precio. Europa arrancó 2026 con niveles de almacenamiento mucho más bajos que en años recientes. A finales de febrero tenía unos 46.000 millones de metros cúbicos almacenados, frente a 60.000 en 2025 y 77.000 en 2024. Alemania y Francia están entre los más expuestos, con almacenamientos alrededor de una quinta parte de su capacidad.
Analistas advierten que si el tránsito por Ormuz se detiene durante un mes, el gas en Europa podría subir con fuerza adicional. Y si la interrupción se prolonga más de dos meses, los precios podrían escalar por encima de 100 euros por MWh, golpeando márgenes industriales, encareciendo electricidad y complicando la competitividad europea.
En resumen: Europa no “se queda sin gas” de un día para otro, pero con reservas más bajas, dependencia de GNL y un Ormuz inestable, el continente entra en una etapa donde el problema puede ser doble: menos disponibilidad y precios mucho más altos.










