El vicepresidente ejecutivo de Finjus, Servio Tulio Castaños Guzmán, advirtió que la democracia dominicana atraviesa una “crisis ética” que está debilitando la confianza ciudadana en las instituciones del Estado. Su planteamiento no fue un discurso abstracto: señaló que cuando los principios democráticos se vuelven flexibles, el país termina viviendo bajo reglas informales que se imponen por influencia, conveniencia o poder.
Castaños afirmó que la falta de transparencia, el clientelismo político y el tráfico de influencias alimentan una cultura de impunidad que corroe el Estado de derecho. Y fue directo en la idea central: la ética no es un adorno de la democracia, es su base. Sin ese soporte, el sistema pierde credibilidad y la ciudadanía se desconecta, no por apatía, sino por desconfianza.
El jurista habló en un contexto simbólico: la apertura de un diplomado de derecho notarial. Allí subrayó que la función notarial es un punto sensible de la seguridad jurídica, porque otorga fe pública a actos que sostienen la vida económica y social. Cuando esa fe pública se contamina, el daño no es solo legal: es social, porque se rompe el contrato tácito de confianza entre el ciudadano y el Estado.
En su mensaje, planteó que reconstruir la relación institucional exige un “pacto ético” real, no retórico. Un pacto que no se limita a proclamas, sino a prácticas medibles: controles efectivos, sanción oportuna, rendición de cuentas y coherencia entre lo que se predica y lo que se hace. En esa línea, reclamó fortalecer el rol fiscalizador de organismos clave para frenar el uso abusivo del poder.
La advertencia llega en un momento en que la democracia dominicana convive con una paradoja: hay estabilidad electoral, pero crece el escepticismo. La gente puede votar, pero duda; puede escuchar discursos, pero sospecha. Y cuando la sospecha se vuelve hábito, la democracia pierde su mejor activo: la legitimidad.
El fondo del mensaje es incómodo, pero necesario: el país no está en crisis solo por problemas materiales. Está en riesgo cuando normaliza la trampa, premia el atajo y castiga al que cumple. La democracia no se derrumba de golpe. Se desgasta. Y ese desgaste empieza casi siempre por una palabra que muchos tratan como accesorio: ética.










