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Tormenta perfecta en la energía mundial: petróleo, diésel y transporte mantienen al mercado bajo presión

La guerra con Irán, los ataques contra infraestructura energética, la escasez de combustibles refinados y unos inventarios cada vez más reducidos mantienen los precios muy por encima de sus niveles habituales.

Los mercados energéticos mundiales atraviesan una combinación excepcional de problemas que mantiene elevados los precios del petróleo y, especialmente, de productos refinados como el diésel.

El Brent llegó este lunes a US$106.80 por barril, mientras el West Texas Intermediate alcanzó US$93.70.

Aunque este martes ambos retrocedieron ligeramente, el Brent continúa alrededor de US$105 y el mercado permanece expuesto a fuertes variaciones ante cualquier nuevo ataque o interrupción del suministro.

El problema comienza en Oriente Medio.

La guerra entre Estados Unidos e Irán alteró profundamente el funcionamiento del estrecho de Ormuz, una de las principales rutas energéticas del planeta.

Los ataques contra buques, instalaciones petroleras y refinerías han reducido la disponibilidad de crudo y combustibles refinados procedentes del golfo Pérsico.

A esa presión se suma la escalada entre los hutíes de Yemen y Arabia Saudita, incluyendo ataques recientes contra instalaciones estratégicas saudíes.

Pero producir petróleo es solamente una parte del problema.

También hay que refinarlo y transportarlo.

Ejecutivos de la industria estiman que actualmente faltan alrededor de seis millones de barriles diarios de productos refinados debido a daños y cierres de capacidad en Oriente Medio.

El diésel es uno de los combustibles más afectados.

Los inventarios estadounidenses se encuentran en niveles históricamente bajos y la escasez podría prolongarse durante buena parte de 2027.

La situación ha llevado al G7 a acordar la liberación de 100 millones de barriles de petróleo y diésel de sus reservas de emergencia.

Esa intervención llega después de una liberación récord de 400 millones de barriles coordinada en marzo.

El colchón disponible comienza a reducirse.

Según ejecutivos reunidos recientemente en Londres, desde el inicio de la crisis más de 1,000 millones de barriles han sido retirados de inventarios comerciales mundiales.

La Reserva Estratégica de Estados Unidos se encuentra además en su nivel más bajo desde 1982.

Arabia Saudita calcula que reconstruir los inventarios globales mientras se satisface simultáneamente la demanda podría tardar hasta dos años.

La logística añade otra capa al problema.

Los ataques y riesgos alrededor de Ormuz han obligado a petroleros a cambiar rutas, permanecer detenidos o exigir mayores primas de seguro.

Eso dispara los costos de transporte incluso cuando existe petróleo disponible.

Trump intenta aliviar la presión mediante la liberación de reservas y un acuerdo temporal que permite nuevamente determinadas exportaciones rusas de diésel.

También anunció un alto el fuego energético entre Rusia y Ucrania.

Sin embargo, los ataques contra infraestructura energética rusa continúan y los mercados muestran cada vez menos disposición a reaccionar simplemente ante declaraciones políticas.

La crisis energética actual no tiene una sola causa.

Tiene demasiadas al mismo tiempo.

Guerra, refinerías dañadas, inventarios agotados, rutas marítimas amenazadas, diésel escaso y transporte cada vez más caro.

Una tormenta perfecta.

Y mientras esas piezas continúen coincidiendo, cualquier alivio en el precio del petróleo puede ser apenas una pausa dentro de una crisis mucho más larga.

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