Un apagón nacional no es solo un fallo eléctrico: es un examen inesperado para el Estado. En cuestión de minutos se detuvieron el Metro, el Teleférico, semáforos, hospitales y comercios. El país descubrió, otra vez, que su vida diaria depende de un sistema más frágil de lo que se admite en los discursos.
Ser justos implica decir dos cosas a la vez. La primera: un sistema eléctrico que puede colapsar completo tiene un problema estructural, no un simple “evento técnico”. Eso interpela directamente al gobierno actual, que ha hablado de expansión de generación y modernización, pero ahora debe explicar por qué una avería en la transmisión basta para apagar medio país. La segunda: la vulnerabilidad no nació ayer. Es el resultado acumulado de décadas de inversiones desiguales, reglas débiles y parches sobre parches.
La respuesta oficial tuvo luces y sombras. Hubo coordinación para evacuar el Metro sin accidentes, se activaron rutas de transporte alternas y el servicio comenzó a restablecerse de forma progresiva. Eso cuenta a favor. Pero también hubo horas de incertidumbre, mensajes parciales y ninguna narrativa clara sobre qué pasó, por qué pasó y qué se va a cambiar para que no se repita. La confianza no se recupera con frases tranquilizadoras, sino con datos verificables.
Si el gobierno quiere salir de este episodio con algo más que desgaste, el camino no es minimizar lo ocurrido, sino hacer exactamente lo contrario:
– Abrir una investigación independiente, con participación técnica local e internacional, cuyos resultados sean públicos.
– Publicar un diagnóstico completo del sistema de transmisión, con vulnerabilidades, costos y plazos de corrección.
– Convertir el apagón en un punto de inflexión, con un cronograma de reformas que incluya regulación más estricta, redundancias reales y protocolos de crisis que no dependan solo del Gran Santo Domingo.
Respaldar al gobierno, en un contexto así, no es aplaudirlo; es exigirle que esté a la altura de la modernización que dice encabezar. El apagón general ya ocurrió. Lo que está en juego ahora es otra cosa: si el país se conforma con volver a encender las luces, o si aprovecha la oscuridad de este tropiezo para ver, por fin, dónde están los cables sueltos.









