La economía dominicana luce bien en la foto: crecimiento por encima de la región, inflación contenida, dólar estable, turismo en récord y reservas cómodas. Nadie serio puede negar que, en lo macro, el barco se ha manejado con pulso firme.
El problema es que la vida de la gente no se mide en presentaciones, sino en la caja del colmado y en el día 20 de cada mes. Mientras la narrativa oficial celebra cifras, demasiados dominicanos viven otra realidad: salarios que no alcanzan, alquileres impagables, transporte caro, comida que sube de a poco, empleo formal que no siempre significa tranquilidad.
Ahí está el punto ciego: un país que crece sin corregir a tiempo fallas estructurales. Tener empleo no garantiza dejar de ser pobre. La estadística registra “ocupación”, pero no cuentan las horas extras no pagadas, la informalidad disfrazada, los trabajos que sostienen la economía sin ofrecer estabilidad ni futuro. Al mismo tiempo, la ciudad se vuelve un lujo: vivir cerca de donde están las oportunidades es privilegio heredado. El costo del suelo y de la vivienda expulsa a la clase media joven a la periferia, y con ella se va parte del dinamismo que el país dice querer retener.
A esto se suma un problema silencioso: una economía que todavía compite demasiado por mano de obra barata y exenciones, y muy poco por conocimiento, innovación y valor agregado. Sin un salto real en educación y formación técnica, el país corre el riesgo de seguir creciendo… pero atado al mismo peldaño.
El gobierno tiene algo que otros no tuvieron: estabilidad, confianza y credibilidad fiscal. No ha jugado con el tipo de cambio, no ha roto la caja y ha puesto en agenda temas que antes ni se mencionaban: semiconductores, nearshoring, digitalización del Estado, transporte masivo, reforma policial. Eso no es un detalle: habla de una visión que mira más allá del próximo titular.
Precisamente por eso la vara debe ser más alta. Con este piso logrado, limitarse a administrar la normalidad ya no basta. El reto es usar esta estabilidad para tocar intereses, ordenar el territorio, enfrentar el peso desmedido de quienes controlan el suelo urbano, vincular en serio salarios con productividad y apostar por una economía del conocimiento que no dependa solo de incentivos fiscales.
La economía dominicana ya demostró que puede crecer sin escándalos. Lo que definirá este momento no es la continuidad de las buenas cifras, sino la capacidad de convertirlas en algo más difícil: un país donde el éxito macro se parezca, aunque sea un poco más, a la vida real de quienes lo sostienen. Si este gobierno quiere dejar huella, está frente a la oportunidad y, también, frente a la prueba.








