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La IA no nos está volviendo tontos… nos está volviendo perezosos (y eso es peor)

La discusión pública sobre inteligencia artificial suele irse por dos carriles igual de cómodos: el apocalipsis (“nos reemplazará”) o el fanatismo (“nos salvará”). Ambos sirven para lo mismo: evitar la pregunta incómoda. No qué hará la IA con nosotros, sino qué estamos haciendo nosotros con nuestra cabeza.

Un reportaje reciente advierte que el uso excesivo de IA puede erosionar el pensamiento crítico por algo que suena técnico pero es muy cotidiano: delegación cognitiva. En cristiano: preguntarle a la máquina antes de pensar, aunque uno pueda pensar. 

El problema no es que la IA “nos mienta”. El problema es que nos acostumbra a no pelear con las ideas. Y el pensamiento crítico, como el cuerpo, no se mantiene por buena intención: se entrena o se atrofia.

La tentación: respuestas perfectas sin fricción

El pensamiento crítico tiene un defecto imperdonable: exige esfuerzo. Preguntar, contrastar, dudar, revisar sesgos, sostener una tesis sin apoyarse en muletas. La IA, en cambio, ofrece una experiencia seductora: velocidad, forma impecable, seguridad en el tono. Y eso es peligrosísimo, porque el cerebro humano confunde “bien escrito” con “verdad”, sobre todo cuando anda cansado, ansioso o apurado.

Así aparece el nuevo hábito social: no “consultar”, sino subcontratar el criterio. La máquina no solo te redacta, también te decide el ángulo, te sugiere el juicio moral y hasta te empaqueta la emoción correcta. El resultado no es ignorancia. Es pasividad.

El riesgo real: la anestesia del juicio

La delegación cognitiva tiene tres síntomas fáciles de reconocer:

  1. Dependencia: “déjame ver qué dice la IA”, incluso antes de formular tu opinión.
  2. Aceptación acrítica: si suena lógico, se comparte. Si suena bonito, se cree.
  3. Desmoralización intelectual: “ChatGPT lo hace mejor que yo”, así que para qué intentarlo.  

En educación y en trabajo esto se vuelve letal: la IA no te quita la capacidad de escribir, pero sí puede quitarte la capacidad de sostener una idea. Y una sociedad que no sostiene ideas se vuelve fácil de manipular, porque termina votando, comprando y odiando por reflejo.

Lo peor: esto llega en el peor momento

Vivimos un exceso de información y un déficit de confianza. Entre deepfakes, estafas y propaganda, la gente ya viene agotada. Un estudio global de Microsoft sobre seguridad online muestra que crecen los riesgos y, al mismo tiempo, una porción pequeña de usuarios se siente confiada para detectar deepfakes. 

Cuando a esa fatiga le sumas IA generativa en cada esquina, el cóctel es obvio: menos verificación, más impulso.

En un país como el nuestro, donde WhatsApp funciona como agencia de noticias informal y la polarización está a la vuelta de la precampaña, el pensamiento crítico no es un lujo académico. Es infraestructura democrática.

Entonces, ¿qué hacemos? Prohibir no funciona

El error clásico es creer que la solución es “prohibir la IA”. Eso es como intentar combatir la comida chatarra prohibiendo los supermercados. Lo que funciona es otra cosa: una higiene de pensamiento. Reglas simples, repetibles, casi rituales:

  • Primero pienso, después pregunto. Escribe tu idea en 5 líneas antes de abrir la IA. Oblígate a tener postura.
  • La IA como sparring, no como autor. Úsala para refutarte, para mostrar huecos, para proponerte contraargumentos.
  • Verificación obligatoria. Si el texto incluye datos, exige fuentes verificables y revisa al menos dos. Si no puedes verificar, no lo publiques.
  • Modo “lento” para temas sensibles. Política, salud, acusaciones: nada de “copiar-pegar” del primer resultado bonito.
  • Entrenar preguntas, no solo respuestas. Cada vez será más valioso formular buenas preguntas, porque habrá demasiadas respuestas.  

Y sobre todo: no romantizar la dependencia. La IA es una herramienta. Pero una herramienta que, mal usada, no te quita el trabajo: te quita el músculo.

El punto final: lo humano no es la respuesta, es la duda

La IA puede escribir, resumir, proponer, traducir, simular. Lo que no puede hacer por ti es lo esencial: hacerte responsable de lo que crees. Delegar eso no es eficiencia, es renuncia.

La pregunta no es si la IA nos volverá menos críticos. La pregunta es si vamos a seguir entrenando el derecho a dudar, que es la forma más civilizada de la libertad. Si no, terminaremos con textos impecables, argumentos bonitos… y ciudadanos que ya no saben por qué piensan lo que piensan.

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