Irán afirmó que ya respondió a 15 propuestas presentadas por Estados Unidos en el marco de los contactos para frenar la guerra, aunque dejó claro que no aceptará ningún esquema que implique renunciar a su capacidad de defensa o someterse a condiciones que considere humillantes.
La posición iraní, según funcionarios citados en reportes recientes, es que la propuesta estadounidense fue vista inicialmente como “unilateral” e “injusta”, por entender que favorece los intereses de Washington e Israel y no cumple con “los requisitos mínimos” para una salida viable.
El paquete de 15 puntos habría incluido exigencias amplias sobre el programa nuclear iraní, límites a sus misiles, apertura total a inspecciones, reducción de apoyo a sus aliados regionales y garantías de navegación en el estrecho de Ormuz. Desde la óptica de Teherán, aceptar esas condiciones en medio de la guerra equivaldría a entregar capacidad estratégica a cambio de promesas vagas de alivio.
Aun así, la señal iraní no ha sido de ruptura total. Distintas versiones indican que Teherán envió una respuesta formal y que, aunque la reacción inicial fue negativa, todavía se mantiene abierta una ventana para una salida si Washington introduce más realismo y se detienen los ataques.
El mensaje político de Irán es claro: sí puede hablar, pero no desde una posición de capitulación. La estrategia parece orientada a evitar que Estados Unidos venda como “acuerdo” lo que Teherán interpretaría como una derrota impuesta bajo fuego. En una guerra donde el frente militar y el energético están completamente entrelazados, esa diferencia de lenguaje pesa tanto como los misiles.
En resumen, Irán está diciendo que ya contestó, pero que no firmará una salida diseñada para desarmarlo política y militarmente. El problema es que, mientras ambas partes sigan negociando con ultimátums, la guerra seguirá marcando el ritmo de la región y también el del petróleo.










