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OpenAI frena su salida a bolsa mientras crece el miedo a perder el control de la inteligencia artificial

Sam Altman descarta cotizar en 2026 y admite que sería irresponsable priorizar a los inversionistas mientras los principales laboratorios discuten cómo frenar sistemas cada vez más autónomos

San Francisco. La carrera de la inteligencia artificial acaba de entrar en una fase extraña.

Las empresas que llevan años compitiendo por avanzar más rápido empiezan a preguntarse si deberían frenar.

OpenAI decidió no salir a bolsa durante 2026, pese a haber preparado una operación que podía valorar a la compañía en alrededor de US$1 billón.

Sam Altman considera que este no es el momento.

El director ejecutivo sostiene que convertirse ahora en una empresa pública añadiría presión para producir resultados financieros precisamente cuando OpenAI podría necesitar tomar decisiones costosas, ralentizar desarrollos o incluso detener temporalmente determinados proyectos por razones de seguridad.

La preocupación no está centrada en ChatGPT escribiendo una respuesta equivocada.

Está mucho más adelante.

Los laboratorios trabajan en agentes capaces de utilizar herramientas, navegar por internet, programar, ejecutar tareas durante largos períodos e incluso ayudar a desarrollar nuevos sistemas de inteligencia artificial.

El temor es llegar a un punto en que esa capacidad avance más rápido que los mecanismos disponibles para controlarla.

Altman considera inaceptable incluso una posibilidad del 10 % de que futuros sistemas puedan provocar una catástrofe extrema.

Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, ha planteado preocupaciones parecidas y propone que los principales laboratorios acuerden mecanismos verificables para desacelerar el desarrollo cuando aparezcan determinadas señales de peligro.

Elon Musk también ha respaldado la necesidad de mayor supervisión.

La paradoja es evidente.

Anthropic continúa preparando su propia salida a bolsa y ya habría seleccionado Nasdaq, mientras miles de millones de dólares siguen entrando en centros de datos, chips y nuevas generaciones de modelos.

Nadie quiere quedarse atrás.

Pero nadie quiere ser tampoco la compañía que construya algo que después no pueda controlar.

La presión política aumenta.

Legisladores estadounidenses reclaman evaluaciones independientes y reglas para los sistemas más avanzados, mientras el Gobierno teme que una regulación demasiado estricta permita a China tomar la delantera tecnológica.

Así quedó atrapada la industria.

Frenar puede significar perder la carrera.

No frenar puede significar descubrir demasiado tarde por qué había que hacerlo.

Durante años, Silicon Valley temió que la inteligencia artificial no avanzara suficientemente rápido.

Ahora empieza a temer exactamente lo contrario.

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