Ottawa cumplió su promesa de responder “dólar por dólar”; acero, lácteos, electrodomésticos, maquinaria agrícola y electrónicos están entre los sectores afectados
Ottawa. Canadá dejó de amenazar y comenzó a cobrar.
Entraron en vigor nuevos aranceles de entre 15 % y 50 % sobre US$27,600 millones en productos procedentes de Estados Unidos, en la mayor represalia canadiense desde que se agravó nuevamente la guerra comercial entre ambos países.
La medida responde directamente a los aranceles de 50 % impuestos por Donald Trump sobre una cantidad equivalente de exportaciones canadienses.
El Gobierno de Mark Carney había prometido responder “dólar por dólar y tasa por tasa”.
Y lo hizo.
Los nuevos gravámenes afectan más de 700 categorías de productos estadounidenses y se concentran en sectores como acero y aluminio, productos lácteos, electrodomésticos, maquinaria agrícola, papel, plásticos, ropa y electrónicos.
Algunos productos de acero y aluminio que ya pagaban 25 % pasan ahora a 50 %.
También enfrentan tarifas elevadas muebles, prendas de vestir y determinados productos agrícolas.
La ofensiva alcanza alrededor del 6 % de todas las exportaciones estadounidenses hacia Canadá.
Pero Ottawa no eligió los sectores solamente por su volumen.
También buscó dónde duele políticamente.
Parte de los productos afectados proviene de estados como Michigan, Ohio y otras regiones industriales importantes para las elecciones legislativas estadounidenses de noviembre.
Canadá intenta aumentar así el costo interno de la política comercial de Trump.
La pelea ya está provocando una nueva respuesta desde Washington.
Estados Unidos anunció restricciones adicionales sobre productos canadienses y Trump ha amenazado con elevar hasta 50 % los aranceles sobre automóviles y piezas fabricadas en Canadá a partir de enero.
También ha advertido que podría impedir la venta de aviones de Bombardier en territorio estadounidense.
El problema es que ambas economías están profundamente integradas.
Canadá envía aproximadamente 68 % de sus exportaciones a Estados Unidos, mientras empresas estadounidenses dependen de petróleo, minerales, fertilizantes, componentes industriales y cadenas de suministro canadienses.
Romper esa relación puede hacer daño a Canadá.
También puede hacerlo al otro lado de la frontera.
Carney reconoce que reducir esa dependencia tendrá un costo, pero sostiene que continuar sometido casi por completo al mercado estadounidense sería todavía más peligroso.
Durante décadas, Canadá y Estados Unidos construyeron una de las relaciones comerciales más integradas del mundo.
Ahora están descubriendo cuánto cuesta desarmarla.










