Investigadores advierten que la interacción constante con sistemas artificiales puede cambiar nuestra forma de hablar, decidir e incluso entender quiénes somos
La inteligencia artificial lleva años aprendiendo a parecerse a nosotros.
El problema es que nosotros también podríamos estar empezando a parecernos a ella.
Investigadores de las universidades de Birmingham, Linneo y Aarhus plantean que la interacción constante con sistemas de inteligencia artificial puede provocar una adaptación silenciosa del comportamiento humano a la lógica de las máquinas.
Han llamado al fenómeno “humanidad robotoide”.
La idea parte de un mecanismo conocido.
Los seres humanos tendemos naturalmente a imitar la forma de comunicarse de quienes tenemos delante. Adaptamos palabras, tono, expresiones y comportamientos.
Ahora hacemos lo mismo con sistemas artificiales.
Pero hay una diferencia.
Una inteligencia artificial no solamente conversa con nosotros.
También nos estudia.
Recuerda interacciones, identifica preferencias, construye perfiles y adapta sus respuestas para ofrecer una experiencia cada vez más personalizada.
Se forma entonces un círculo.
La máquina aprende cómo somos.
Nos responde según esa versión de nosotros.
Y nosotros empezamos a comportarnos de maneras que la máquina entiende mejor.
Los investigadores advierten que, repetido durante suficiente tiempo, ese proceso podría simplificar nuestra forma de expresarnos y hasta nuestra propia percepción de identidad.
La IA funciona mejor con personas clasificables.
Preferencias claras.
Patrones reconocibles.
Comportamientos previsibles.
El ser humano real suele ser exactamente lo contrario: contradictorio, cambiante, ambiguo e imprevisible.
La preocupación es que terminemos eliminando parte de esa complejidad para funcionar mejor dentro de sistemas diseñados para clasificarnos.
No necesariamente porque alguien nos obligue.
Porque resulta cómodo.
Un algoritmo que constantemente confirma nuestros gustos también puede reducir nuestra exposición a cosas que los contradicen.
Una IA que siempre adapta su lenguaje a nosotros puede eliminar parte de la fricción que aparece cuando hablamos con otras personas.
Y esa fricción también sirve para construir identidad.
Hay, sin embargo, una precisión importante.
El trabajo publicado en AI & Society es teórico.
Los investigadores no siguieron durante años a usuarios de ChatGPT ni demostraron experimentalmente que la inteligencia artificial esté transformando actualmente la personalidad humana.
Proponen una hipótesis basada en investigaciones anteriores sobre psicología, identidad, comportamiento y relaciones entre personas y máquinas.
Por tanto, no demuestra que estemos convirtiéndonos en robots.
Advierte que existe un mecanismo plausible para que ocurra algo bastante más sutil.
Durante años nos preocupó que la inteligencia artificial aprendiera demasiado sobre nosotros.
Quizás faltaba mirar la otra mitad del problema.
Qué estamos aprendiendo nosotros de ella.










