La obsesión por la transparencia resulta incompatible con el placer. Dentro de la economía del placer humano, el agrado y la transparencia no van unidos. La economía libidinosa es extraña a la transparencia. Precisamente, la negatividad del secreto, del velo y del encubrimiento aguijonea el apetito e intensifica el placer. Así, el seductor juega con máscaras, ilusiones y formas aparentes. La coacción de la transparencia elimina espacios de juego del placer. La evidencia no admite ninguna seducción, sino solamente un procedimiento. El seductor emprende caminos que son tortuosos, ramificados y enredados. Y usa signos con muchas significaciones: «La seducción se apoya con frecuencia en códigos ambiguos, lo cual convierte a los seductores prototípicos dentro de la cultura occidental en una determinada forma de carencia de moral. Los seductores se sirven de un lenguaje con múltiples significados, porque no se sienten vinculados a las normas de la seriedad y de la simetría. En cambio, las prácticas “políticamente correctas” exigen transparencia y renuncian a ambigüedades, con el fin de garantizar la mayor libertad e igualdad contractual que sea posible, de modo que ruede en vacío el tradicional nimbo retórico y emocional de la seducción». El juego con la ambigüedad y la ambivalencia, con secretos y enigmas, aumenta la tensión erótica. La transparencia o la univocidad serían el final del Eros, es decir, la pornografía. No es casual que la actual sociedad de la transparencia sea a la vez una sociedad de la pornografía. También la praxis de la Post-Privacy, que en nombre de la transparencia exige un mutuo desnudamiento sin límites, es totalmente perjudicial al placer.
Para Simmel, la condición humana requiere una cierta opacidad para sostenerse. «estamos hechos de tal manera que no solo […] necesitamos una determinada proporción de verdad y error como base de nuestra vida, sino también una cierta proporción de claridad y oscuridad en la imagen de nuestros elementos de vida». De acuerdo con esto, la transparencia quita a las cosas todo «encanto» y «prohíbe a la fantasía tejer allí sus posibilidades, por cuya pérdida no puede recompensarnos ninguna realidad, pues la obra de la fantasía es actividad propia, que a largo plazo no puede suplantarse por ningún recibir y disfrutar». Simmel continúa diciendo que «también debe ofrecérsenos una parte de los seres humanos más próximos en forma de falta de claridad y visibilidad, para que se mantenga a buen nivel su encanto para nosotros. La fantasía es esencial para la economía del placer: un objeto ofrecido al desnudo lo desconecta; solo lo pone en marcha una retirada y sustracción del objeto. Lo que profundiza el placer no es el disfrute en tiempo real, sino el imaginativo preludio y el epílogo. El disfrute inmediato, que no admite ningún rodeo imaginativo y narrativo, es pornográfico. También la hipernitidez por encima de lo real y la elevada claridad de las imágenes mediáticas paraliza y ahoga la fantasía. Según Kant, la imaginación se basa en el juego. Esta presupone espacios de juego en los que nada está definido con firmeza y delimitado con claridad. Necesita una imprecisión y falta de claridad. No es transparente para sí misma; en cambio, la autotransparencia es característica del entendimiento. Y así este no juega. Trabaja con ideas claras.
Giorgio Agamben, en La comunidad que viene, evoca la alegoría del reino del Mesías que una tarde Benjamin contó a Ernst Bloch: «Un rabino, un verdadero cabalista, dijo una vez: para instaurar el reino de la paz no es necesario destruir todo y dar inicio a un mundo completamente nuevo; basta empujar solo un poquito esta taza o este arbusto o aquella piedra, y así con todas las cosas. Pero este poquito es tan difícil de realizar y su medida tan difícil de encontrar que, por lo que respecta al mundo, los hombres no pueden hacerlo y por eso es necesario que llegue el Mesías. Las cosas solo se desplazarán un poco para establecer el reino de la paz. Y Agamben advierte que este pequeño cambio tiene lugar no en las cosas mismas, sino en sus «márgenes». Pero el cambio les confiere un resplandor misterioso. Esta «aureola» surge mediante un «estremecerse», mediante un «irisarse» en sus márgenes. Continuando los pensamientos de Agamben podemos decir que el ligero temblor hace que se produzca una falta de claridad, que la cosa se cubra con un brillo misterioso a partir de los márgenes. Lo santo no es transparente. Más bien, traza una borrosidad misteriosa. El reino venidero de la paz no se llamará sociedad de la transparencia. Esta no es ningún estado de paz.
No solo el espacio de lo santo, sino tampoco el del apetito es diáfano. Es más bien «sinuoso»; «solo indirectamente puede alcanzarse el objeto, la dama, solo por caminos de meandros retorcidos» . La dama, el objeto del deseo en el amor cortés, es el agujero negro en torno al cual se condensa el deseo. En palabras de Lacan, ese objeto se «introduce por la singularísima puerta de una sustracción, de una inaccesibilidad. Lacan lo compara con la figura indescifrable de la anamorfosis, en la que el contenido de la imagen aparece solamente deformado, desfigurado». Es, por tanto, todo menos evidente (del latín videre = ver). Según Lacan, el amor cortés es carente de forma («anamorfótico»). Su objeto, también bajo el aspecto temporal, es una «anamorfosis», pues «solo por el camino de un desplazamiento sin fin» puede alcanzarse el objeto. Lacan lo llama también la cosa (en el original usa la palabra alemana das Ding), de la cual no es posible hacerse ninguna imagen a causa de su impenetrabilidad y reconditez. La representación huye: «¿Qué hay en la cosa?, ese es el misterio real».
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La transparencia constituye un estado de simetría. La sociedad de la transparencia aspira a eliminar todas las relaciones asimétricas. También el poder pertenece a ellas. El poder no es diabólico en sí mismo. En muchos casos es productivo y generador. Genera un espacio de libertad y juego para la configuración política de la sociedad. También el poder participa en gran medida en la producción de placer. La economía libidinosa sigue una lógica de economía del poder. A la pregunta de por qué el hombre tiende a ejercer el poder, Foucault responde con la referencia a la economía del placer. Cuanto más libres son los hombres en su relación recíproca, tanto mayor es su placer por determinar la conducta de los otros. El placer es tanto mayor cuanto más abierto es el juego, cuanto más variados son los tipos de juego en los que se dirige la conducta de los otros. Los juegos estratégicos implican en gran medida falta de transparencia y carácter incalculable. También el poder es un juego estratégico; juega en un espacio abierto: «Poder significa: juegos estratégicos. Sabemos muy bien que el poder no es el mal. Tomen ustedes, por ejemplo, las relaciones sexuales o amorosas: ejercer poder sobre los otros en una especie de juego estratégico, donde las cosas pueden invertirse, no tiene nada de malo, eso es parte del amor, de la pasión, del placer sexual». Aquel «placer» nietzscheano, que quiere «eternidad», tiene su origen en la «media noche».
Nietzsche afirmaría que no hemos acabado con Dios mientras aún creamos en la transparencia. Frente a la mirada penetrante, frente a la obsesión de hacerlo todo transparente, Nietzsche defiende la apariencia, la máscara, el secreto, el enigma, el ardid y el juego: «Todo lo que es profundo ama la máscara; las cosas más profundas de todas sienten incluso odio por la imagen y el símbolo. […] Hay acciones realizadas por amor y por una magnanimidad tan desbordante, que después de ellas nada resulta más aconsejable que tomar un bastón y apalear de firme al testigo de vista […]. No es solo perfidia lo que se oculta detrás de una máscara hay mucha bondad en la astucia. […] Todo espíritu profundo necesita una máscara; más aún, en torno a todo espíritu profundo va creciendo continuamente una máscara […]». El espíritu profundo surge bajo la protección de una máscara. Esta aparece a su alrededor como una capa protectora. Lo completamente otro, lo nuevo, prospera solamente detrás de una máscara que protege de lo igual. Y la astucia no equivale a la perfidia. Es más eficiente y menos violenta que la acción dirigida por el imperativo categórico. Así, Nietzsche escribe: «Astucia es mejor que violencia». La astucia es más elástica, flexible, en cuanto mira a su alrededor y agota el respectivo potencial de la situación. Ve más que el imperativo categórico, que es transparente para sí mismo en virtud de su rigidez. La violencia está más cerca de la verdad que la astucia. Así engendra más «evidencia». Nietzsche evoca aquí una forma de vida más libre que no sería posible en una sociedad de la iluminación y del control. Aquella también es libre en el sentido de que no se deja determinar ni por el pensamiento del contrato, que hace alarde de simetría e igualdad, ni por la economía del intercambio.
Con frecuencia, el misterio y la oscuridad generan una poderosa fascinación. Según Agustín, Dios utilizó metáforas y oscureció la Sagrada Escritura intencionadamente, para engendrar más placer: «De ahí que estas cosas estén cubiertas con una especie de envoltura figurativa, para que mantengan activo al entendimiento del hombre que investiga con actitud piadosa, y no parezcan carentes de valor al ofrecerse sin velos (nuda) y abiertamente (promta). Y así, lo que en otros lugares se dice abierta y manifiestamente, de modo que sea fácil recibirlo dentro de nosotros, es renovado en cierta manera en nuestro entendimiento y, renovado de esa manera, tiene un sabor dulce cuando lo sacamos a la luz desde lo oculto. Si se oculta algo de esta manera, eso no se hace por envidia frente a los que tienen deseos de aprender; más bien, con ello las cosas se muestran mejor para que las apetezcamos con mayor ardor, de tal manera que, cuando una cosa se nos sustrae, encontramos lo anhelado con tanto mayor alegría». La capa figurada erotiza la palabra, elevándola a la condición de un objeto del deseo. La palabra actúa con mayor poder de seducción cuando está revestida figurativamente. La negatividad de la reconditez transforma la hermenéutica en una erótica. Descubrir y descifrar se realizan como un desvelamiento agradable. En cambio, la información es desnuda. La desnudez de la palabra le quita todo encanto, la allana. La hermenéutica del secreto no es ninguna dimensión diabólica, que en todo caso haya de eliminarse a favor de la transparencia. Es una simbólica e, incluso, una especial técnica cultural, que engendra una profundidad, aunque sea como apariencia.










