Para el capitalismo, en su actual configuración tecnofinanciera, la democracia es un obstáculo. Esta es la raíz de todos los problemas fundamentales que vive hoy el mundo. Desde el resurgimiento del fascismo, guerras, genocidios y la debacle del derecho internacional. Pero la ideología liberal-conservadora todavía dominante impide un entendimiento adecuado tanto del proceso histórico en que se ha desarrollado la democracia formal que conocemos, como de la lógica interna que ha movido al capitalismo desde siempre.
Así, debemos saber que liberalismo y democracia históricamente no han tenido una relación de necesidad. Los primeros estados liberales (Inglaterra, Estado Unidos y Francia) no fueron democráticos. El liberalismo surgió como un marco teórico y luego como una ideología de la que se sirvieron las burguesías europeas para oponerse a las monarquías de los siglos XVIII y principios del XIX. Partió desde sus inicios como una postura política de propietarios que, fundamentalmente, lo que querían garantizar era su independencia frente a los monarcas absolutistas. Para seguir expandiendo sus riquezas y propiedades. Los elementos republicanos como preocupación por el gobierno de lo común que sí tuvo el liberalismo primigenio (Rosenblat) se fueron abandonando tras la conquista del poder por parte de las burguesías liberales. Las que, por cierto, fueron racistas y esclavistas hasta que pudieron.
Fueron luchas sociales de trabajadores y grupos políticos socialistas y comunistas lo que obligó a los Estados liberales a adoptar la democracia. A que más personas no propietarias fueran consideradas como ciudadanos con derechos. Llegando en el siglo XX al derecho al voto universal que fue cuando realmente se llegó a tener sociedades verdaderamente democráticas en Occidente. Es decir, la democracia existe hace menos de 100 en la casi totalidad de países occidentales. Mientras que el Estado liberal tiene más de 200 años en lugares como Estados Unidos. De modo que liberalismo sin democracia es lo que más ha habido en la historia. Y los ricos de hoy lo que precisamente quieren es volver a ese marco. Por ello apoyan las derechas y ultraderechas porque estas les plantean formas de llegar a ese modelo con apoyo popular.
El liberalismo y la democracia históricamente no han tenido una relación de necesidad.
En cuanto al capitalismo, su lógica es la de generar riquezas dentro de un marco de concentración de la propiedad de los medios de producción en manos privadas. Su lógica no es ni garantizar derechos ni democracia; y ya ni siquiera asegura la vida de la gente (la biopolítica foucaultiana ha girado a políticas más bien de muerte). Demasiados casos hay de cómo este sistema opera cuando tiene que elegir entre la vida de la gente o la ganancia. Siempre optando por esta última. Cualquier ciudadano común que haya tenido que lidiar con un seguro de salud privado en medio de una enfermedad grave sabe bien esto. No hay que leer los tomos de El Capital de Marx ni ser experto en materialismo histórico para saberlo.
Por tanto, el capitalismo actual de tipo tecnofinanciero es dirigido por una élite de ultrarricos que sencillamente entienden que para seguir expandiendo sus márgenes de ganancia tienen que destruir la democracia formal. Esto es, lo que queda de esta. Porque representa un obstáculo para sus proyectos de enriquecimiento y acumulación de poder basados en algoritmos predictivos y embrutecimiento de la gente mediante el uso intensivo de plataformas digitales. Y, de nuevo, son las derechas y ultraderechas las que les garantizan el marco de desregulación, adoctrinamiento fascista y debilitamiento del Estado que permite avanzar a sus proyectos.
No hay que dar muchas vueltas. El mundo está hecho un manicomio deshumanizado y lleno de gente embrutecida porque al capitalismo ya la democracia no le sirve. Siendo la lógica de acumulación capitalista el hecho concreto que mueve el mundo. Monstruos como Milei, Musk, Trump, Bolsonaro, Kast, Abascal y compañía, cuya popularidad no hace sino extenderse en los ecosistemas digitales a pesar del desastre que suponen sus ideas una vez llegan a los gobiernos, no son un accidente. Ni algo exterior al sistema (ousiders). Antes bien, son el tipo de figuras políticas que crea, propicia y justifica el capitalismo en su forma actual.
Via: Canal Red










