Puerto Príncipe, Haití. Miles de haitianos salieron este lunes a las calles de Puerto Príncipe para exigir el restablecimiento de la paz en un país cada vez más dominado por pandillas armadas, desplazamientos y colapso institucional.
La manifestación coincidió con la conmemoración del Día de la Bandera y de la Universidad en Haití, y fue organizada principalmente por líderes evangélicos y sectores comunitarios.
Vestidos en gran parte de blanco y portando banderas haitianas y biblias, los manifestantes reclamaron:
- reapertura de carreteras nacionales
- recuperación de territorios controlados por bandas
- reapertura del aeropuerto internacional Toussaint Louverture
- y el restablecimiento de condiciones mínimas de seguridad.
Uno de los participantes resumió el sentimiento general con una frase brutalmente simple:
“No podemos comer ni ir a la escuela. Queremos paz”.
Otro manifestante denunció que las pandillas siguen expandiendo control territorial pese a la presencia de fuerzas internacionales:
“Cada vez vemos más cómo se pierden nuevos territorios”.
Las protestas reflejan el agotamiento de una población atrapada entre:
- violencia armada
- desplazamiento interno
- hambre
- secuestros
- y ausencia efectiva del Estado.
Según la Oficina Integrada de las Naciones Unidas en Haití (BINUH):
- al menos 1,642 personas murieron
- y 745 resultaron heridas
solo en el primer trimestre de 2026.
La ONU también estima que más de 6.4 millones de haitianos necesitan asistencia humanitaria urgente.
Mientras tanto, el primer ministro Didier Fils-Aimé declaró que las elecciones solo podrán celebrarse después de recuperar control frente a las bandas armadas.
“No negociamos con las bandas”, afirmó, prometiendo “aplastar” a los grupos criminales y recuperar territorios controlados por pandillas.
El problema es que Haití ya parece estar entrando en una fase todavía más peligrosa:
cuando la población deja de marchar por política
y empieza simplemente a marchar para poder vivir una vida normal.
Comer. Ir a la escuela. Abrir una carretera. Dormir sin disparos.
Cosas absurdamente básicas que, en un Estado funcional, ni siquiera deberían convertirse en consignas.










