Santo Domingo. El dirigente del transporte Mario Díaz propuso que las patanas y vehículos pesados circulen exclusivamente en horario nocturno como parte de un conjunto de medidas orientadas a reducir la congestión vehicular y mejorar la movilidad en el Gran Santo Domingo.
La propuesta surge en medio de un debate cada vez más intenso sobre el colapso progresivo del tránsito urbano, una realidad que ya dejó de ser una molestia cotidiana para convertirse en un problema estructural de productividad, seguridad vial y calidad de vida.
Según el planteamiento, limitar la circulación de vehículos de carga pesada durante las horas de mayor flujo permitiría descongestionar avenidas estratégicas, reducir tiempos de desplazamiento y disminuir riesgos de accidentes asociados a la coexistencia entre transporte de carga, transporte público y vehículos particulares.
La discusión toca una fibra sensible.
Santo Domingo ya no padece simples tapones.
Padece saturación operativa.
Cada día se pierden miles de horas productivas atrapadas en una red vial que creció mucho más lento que el parque vehicular.
En ese escenario, ordenar los horarios del transporte pesado aparece como una medida lógica.
Muchas grandes ciudades del mundo aplican restricciones similares para separar los flujos de carga del tránsito urbano masivo.
La idea tiene sentido técnico.
Pero su viabilidad dependería de algo que en República Dominicana suele escasear:
capacidad real de ejecución.
Una disposición de esta naturaleza exigiría fiscalización efectiva, coordinación logística con puertos, zonas industriales y centros de distribución, además de un sistema de supervisión permanente.
Sin eso, la norma correría el riesgo de convertirse en otra disposición bien intencionada condenada al incumplimiento.
El debate también obliga a mirar un problema mayor.
El tránsito dominicano ya no admite soluciones cosméticas.
No basta con semáforos nuevos, operativos esporádicos o discursos sobre educación vial.
Se requiere una reingeniería profunda del modelo de movilidad urbana.
La propuesta sobre las patanas puede abrir una conversación necesaria.
Porque cuando una ciudad colapsa sobre ruedas, lo que está en crisis no es solo el tránsito.
Es la capacidad misma del Estado para ordenar su crecimiento.










