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Geoffrey Hinton advierte: el problema no es la IA, sino quién se quedará con sus beneficios

Londres. Geoffrey Hinton, considerado uno de los padres de la inteligencia artificial y ganador del Premio Nobel de Física 2024, lanzó una nueva advertencia sobre el impacto económico de la IA: el riesgo principal no es la tecnología en sí, sino que sus beneficios terminen concentrándose en una minoría mientras millones de trabajadores pierden poder económico.  

Hinton sostiene que la inteligencia artificial tiene el potencial de generar un enorme aumento de productividad, pero teme que ese incremento de riqueza no se distribuya de manera equilibrada.

Según explicó, las empresas tendrán fuertes incentivos económicos para utilizar sistemas de IA con el fin de sustituir trabajadores y reducir costos laborales. En sus palabras, “los ricos van a usar la IA para reemplazar a los trabajadores”, aunque insiste en que el problema no es la tecnología sino la forma en que está organizada la economía.  

La reflexión es incómoda porque toca un punto real.

La historia tecnológica suele destruir empleos y crear otros nuevos.

La Revolución Industrial lo hizo.

Internet lo hizo.

La automatización también.

La gran pregunta es si la inteligencia artificial seguirá ese patrón o si, por primera vez, una tecnología podrá reemplazar tareas cognitivas a una velocidad superior a la capacidad de la sociedad para generar nuevas ocupaciones.  

Hinton cree que existe ese riesgo.

Por eso ha insistido en que la discusión sobre IA no puede limitarse a modelos más potentes, chips más rápidos o empresas más valiosas. También debe incluir preguntas sobre distribución de riqueza, empleo, educación y adaptación social.  

Lo interesante es que esta preocupación ya no viene únicamente de sindicatos o activistas.

Proviene de personas que ayudaron a construir la propia tecnología.

Hinton dejó Google en 2023 precisamente para hablar con mayor libertad sobre los riesgos de la IA, y desde entonces se ha convertido en una de las voces más críticas respecto a sus posibles consecuencias económicas y sociales.  

Para países como República Dominicana, la advertencia merece atención.

La discusión suele centrarse en si debemos adoptar IA o no.

Esa ya no es la pregunta.

La IA llegará de todas formas.

La pregunta estratégica es otra:

¿quién capturará el valor que genere?

¿Los trabajadores?

¿Los emprendedores?

¿Los países que construyan capacidades propias?

¿O únicamente las grandes plataformas tecnológicas?

Corea del Sur está intentando responder esa pregunta fabricando chips.

Estados Unidos, construyendo centros de datos.

China, desarrollando modelos propios.

La riqueza de la era de la IA no pertenecerá necesariamente a quien use la tecnología.

Pertenecerá sobre todo a quien controle los activos que la hacen posible.

Y esa es una discusión mucho más profunda que la simple automatización de empleos.

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