El filósofo mexicano sostiene que la alianza entre Estados y gigantes tecnológicos está fusionando poder político, económico e ideológico y plantea una amenaza inédita para las democracias
Querétaro. La inteligencia artificial no solamente está cambiando cómo trabajamos.
También está cambiando quién tiene el poder.
El abogado y filósofo mexicano Pedro Salazar Ugarte advierte que la IA está acelerando una concentración de poder político, económico e ideológico que considera incluso superior a la alcanzada por los regímenes totalitarios del siglo XX.
Salazar, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, desarrolla esa tesis en su libro Totalitarismo total.
Su argumento parte de una diferencia fundamental.
Los viejos Estados autoritarios tenían policías, propaganda, censura y aparatos de inteligencia.
Los actuales pueden tener todo eso y además algoritmos capaces de seguir comportamientos, acumular cantidades gigantescas de información personal y modificar lo que millones de personas ven, escuchan y terminan creyendo.
El poder ya no está únicamente en los gobiernos.
También está concentrado en un pequeño grupo de empresas capaces de desarrollar los modelos, centros de datos y plataformas que sostienen la revolución tecnológica.
Salazar identifica dos grandes polos.
Estados Unidos y China.
En China, sostiene, la industria tecnológica permanece subordinada a los objetivos del Estado.
En Estados Unidos la relación es diferente: Gobierno y grandes compañías tecnológicas mantienen intereses propios, pero su alianza se ha vuelto cada vez más estrecha y poderosa.
Europa intenta responder mediante regulación, pero enfrenta otro problema: la tecnología avanza más rápido que las leyes.
América Latina está todavía más atrás.
Salazar considera que, salvo algunas excepciones, la región prácticamente no participa en el desarrollo de grandes sistemas propios de inteligencia artificial y tampoco ha construido una estrategia regulatoria coherente.
El problema llega incluso a la guerra.
Sistemas de IA ya participan en vigilancia, análisis de información, selección de objetivos y operaciones militares, mientras aumenta la autonomía de drones y otras armas.
Eso abre una pregunta jurídica cada vez más incómoda: quién responde cuando una máquina participa directamente en una decisión que termina matando a una persona.
Pero el riesgo más cercano puede estar en algo mucho más cotidiano.
Los algoritmos pueden confirmar nuestros prejuicios, reducir la exposición a opiniones diferentes y moldear silenciosamente la conversación pública.
Una democracia necesita ciudadanos capaces de discutir una realidad común.
La inteligencia artificial puede empezar por romper precisamente eso.
Durante años preguntamos qué podía hacer la IA.
Quizás la pregunta más importante era otra.
Quién terminará controlándola.










