Unicef estima que 272,000 adolescentes sufrieron explotación o abuso sexual facilitado por tecnología en un año; menos del 1 % de los casos llegó a las autoridades
Santo Domingo. República Dominicana tiene la mayor prevalencia de explotación y abuso sexual facilitado por tecnología entre los 15 países donde se ha medido el fenómeno.
La cifra es brutal.
Un estudio de Unicef, ECPAT International e Interpol estima que 272,000 adolescentes dominicanos de entre 12 y 17 años, equivalentes al 23 % de quienes utilizan internet en ese grupo de edad, sufrieron alguna forma de violencia sexual facilitada por medios digitales durante los últimos 12 meses.
Prácticamente uno de cada cuatro.
Y casi nadie denuncia.
Menos del 1 % de los casos llegó a conocimiento de las autoridades, mientras uno de cada tres adolescentes afectados no contó a nadie lo ocurrido.
El estudio desmonta además una de las ideas más repetidas sobre los peligros de internet.
El agresor no suele ser necesariamente un desconocido escondido detrás de una pantalla.
En el 68 % de los casos era alguien conocido por la víctima: un familiar, amigo, conocido o pareja sentimental.
Entre las formas de violencia detectadas aparecen la recepción de contenido sexual no solicitado, solicitudes de imágenes íntimas, ofrecimientos de dinero o regalos a cambio de contenido sexual, amenazas y difusión de fotografías o videos sin consentimiento.
La inteligencia artificial ya entró también en el problema.
Un 4 % de los adolescentes encuestados aseguró que alguien había utilizado IA para fabricar imágenes o videos sexuales falsos sobre ellos.
WhatsApp, Facebook e Instagram figuran entre las plataformas mencionadas con mayor frecuencia, aunque también fueron identificados casos relacionados con videojuegos.
La investigación encontró víctimas tanto en zonas urbanas como rurales y niveles similares de riesgo entre adolescentes de 12 a 15 años y los de 15 a 17.
Aproximadamente la mitad de las víctimas son varones.
Unicef advierte que quienes sufren estas formas de violencia presentan mayores probabilidades de ansiedad, autolesiones y pensamientos o comportamientos suicidas.
El problema, por tanto, no está solamente en las pantallas.
Está en las familias, las escuelas, las plataformas y la capacidad del Estado para detectar y perseguir algo que actualmente permanece casi completamente oculto.
272,000 adolescentes en un año.
Y menos del uno por ciento llegó a denunciarlo.










