BRASILIA. Cerca de 159 millones de brasileños están convocados este domingo a las urnas para decidir si Luiz Inácio Lula da Silva obtiene un cuarto mandato presidencial o si Flávio Bolsonaro consigue devolver al poder al movimiento político construido por su padre.
La elección enfrenta dos proyectos profundamente distintos y, al mismo tiempo, dos candidatos que generan un elevado rechazo entre amplios sectores del electorado.
Lula, de 80 años, busca un cuarto mandato no consecutivo y vuelve a presentarse como defensor de los programas sociales, la intervención del Estado en la economía y una política exterior más independiente de Washington.
Frente a él aparece Flávio Bolsonaro, senador de 45 años e hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, quien asumió formalmente la representación electoral del bolsonarismo después de que su padre quedara fuera de la competencia política.
Las encuestas colocan a ambos muy cerca.
Un sondeo de Datafolha publicado antes de las elecciones situaba a Lula con 42 % de intención de voto en primera vuelta y a Bolsonaro con 38 %.
En un eventual balotaje, Lula alcanzaría 48 % frente a 45 % de su rival, una diferencia considerada técnicamente dentro del margen de error.
Si ninguno obtiene más de la mitad de los votos válidos este domingo, los dos candidatos más votados volverán a enfrentarse el 25 de octubre.
La campaña estuvo dominada mucho más por la identidad política de ambos bloques que por la discusión detallada de políticas públicas.
Lula y Bolsonaro incluso evitaron varios de los principales debates televisivos.
La economía aparece entre las principales preocupaciones de los electores.
Aunque Brasil mantiene niveles bajos de desempleo y ha reducido la desigualdad, el costo de vida continúa afectando a millones de familias y la deuda pública supera el 82 % del producto interno bruto.
Lula propone mantener una fuerte presencia estatal, ampliar programas sociales y ofrecer mecanismos de alivio para las familias endeudadas.
Flávio Bolsonaro defiende un programa más orientado al mercado, con reducción del gasto público, privatizaciones, concesiones y mayor disciplina fiscal.
La inseguridad constituye otro punto importante de la campaña.
Bolsonaro propone políticas más agresivas contra las organizaciones criminales y ha respaldado la decisión estadounidense de tratar a determinadas bandas brasileñas como organizaciones terroristas.
Lula rechaza esa clasificación y sostiene que podría abrir la puerta a una intervención excesiva de Estados Unidos en asuntos internos de Brasil.
Donald Trump también se ha convertido indirectamente en protagonista de las elecciones.
El presidente estadounidense no ha respaldado formalmente a ningún candidato, pero recibió a Flávio Bolsonaro en la Casa Blanca y ha expresado públicamente simpatía hacia su proyecto político.
Lula acusa a Washington de intentar influir en la política brasileña y ha convertido la defensa de la soberanía nacional en uno de los ejes finales de su campaña.
Flávio, por su parte, promete reconstruir la relación con Estados Unidos y acercar a Brasil a los gobiernos conservadores que han ganado terreno recientemente en América Latina.
Sobre toda la campaña permanece la figura de Jair Bolsonaro.
El expresidente cumple una condena de más de 27 años por su participación en una conspiración destinada a revertir el resultado electoral de 2022.
Su hijo ha prometido buscar una amnistía para él si llega al poder.
Los brasileños también elegirán este domingo a los 513 miembros de la Cámara de Diputados, dos tercios del Senado y autoridades regionales, por lo que el resultado determinará mucho más que la Presidencia.
Brasil llega así a las urnas dividido prácticamente por la mitad.
Por un lado, Lula intenta prolongar una carrera política que ya atraviesa más de seis décadas.
Por el otro, Flávio Bolsonaro intenta demostrar que el bolsonarismo puede sobrevivir políticamente incluso sin Jair Bolsonaro en la boleta.
El apellido cambió.
La batalla brasileña, bastante menos.










