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Pandillas desatan nueva ola de terror en el centro de Haití y profundizan el colapso del Estado

La violencia de las pandillas volvió a golpear con fuerza el centro de Haití, confirmando que la crisis ya no está contenida en Puerto Príncipe y que el colapso del Estado sigue expandiéndose hacia nuevas zonas del país.

En los últimos ataques, grupos armados sembraron el terror en localidades del departamento Central y de Artibonite, con asesinatos, incendios, desplazamientos forzados y destrucción de infraestructura pública. La ofensiva se inscribe en una tendencia cada vez más clara: las bandas ya no solo controlan barrios de la capital, también avanzan sobre rutas, pueblos y ciudades del interior para ampliar territorio, extorsión y control logístico.

Uno de los casos más graves ha sido el avance de grupos armados sobre Mirebalais y zonas vecinas, donde ataques anteriores provocaron la fuga de más de 500 reclusos y dejaron decenas de muertos, además de un éxodo masivo de familias. La expansión de las bandas en esta región tiene un valor estratégico: les permite disputar carreteras clave y acercarse a corredores sensibles hacia la frontera dominicana.

La situación en Artibonite también sigue deteriorándose. En Petite-Rivière de l’Artibonite, enfrentamientos recientes entre la pandilla Gran Grif y grupos de autodefensa dejaron escenas de destrucción, muertos en las calles y viviendas incendiadas, en una muestra más de que la violencia haitiana ya opera con lógica de guerra local.

El deterioro no es anecdótico. Informes recientes de Naciones Unidas advierten que uno de cada cuatro haitianos vive ya en zonas bajo control o fuerte influencia de grupos criminales. Entre enero de 2025 y marzo de 2026, más de 5,500 personas murieron y más de 2,600 resultaron heridas en Haití, en medio de ataques de pandillas, operativos de seguridad y acciones de grupos de autodefensa.

La expansión hacia el centro del país agrava todo: más desplazados, más rutas bloqueadas, más comunidades sin servicios y más presión sobre un Estado que ni controla el territorio ni logra proteger a su población. Para República Dominicana, además, esta deriva tiene una dimensión directa de seguridad regional: mientras Haití pierde más espacio, aumenta el riesgo en la frontera y la presión migratoria.

La conclusión es dura, pero ya difícil de negar: Haití no enfrenta solo una crisis de seguridad. En amplias zonas, enfrenta una sustitución del Estado por estructuras armadas. Y cada nuevo ataque en el centro del país confirma que el vacío sigue creciendo.

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