La República Dominicana ni siquiera ha terminado de arrancar la Semana Santa… y ya hay tres muertos.
El primer boletín del Centro de Operaciones de Emergencias (COE) confirma lo que el país conoce demasiado bien: 29 accidentes de tránsito, 67 personas afectadas y tres fallecidos en apenas las primeras horas del operativo.
No es una sorpresa.
Es una rutina.
De esos 29 accidentes, 23 involucran motocicletas. La mayoría ocurrió en carreteras y autopistas, el mismo escenario donde cada año se mezcla velocidad, alcohol y una peligrosa sensación de control.
Y como si fuera parte del guion, también aparecen los otros indicadores:
66 intoxicaciones alcohólicas —incluyendo menores— y 19 por alimentos.
El país sabe exactamente cómo empieza esto.
Y sabe cómo termina.
Desde una mirada socialdemócrata, insistir en que esto es solo un problema de “imprudencia individual” es una forma cómoda de evitar la conversación real. Porque sí, hay decisiones personales… pero también hay estructuras que las empujan.
Un sistema de transporte desordenado donde la motocicleta se convierte en necesidad, no en opción.
Una fiscalización que aparece con fuerza en feriados, pero se diluye el resto del año.
Una cultura donde el riesgo no solo se tolera, sino que se celebra como parte del descanso.
Y un Estado que, aunque despliega miles de asistencias y operativos, sigue llegando después del problema, no antes.
Hay un dato especialmente revelador: las tres muertes ocurrieron fuera del área de cobertura del operativo de seguridad.
Traducción simple: la protección también tiene límites geográficos.
Y la vida, aparentemente, también.
Aquí es donde el discurso oficial se queda corto. Porque cada año se habla de prevención, de conciencia, de responsabilidad… pero el modelo que produce estas tragedias sigue intacto.
No se trata solo de decirle a la gente que se cuide.
Se trata de construir un país donde cuidarse no sea una desventaja.
Donde moverse no implique exponerse.
Donde la seguridad no dependa de si estás dentro o fuera de un operativo.
Semana Santa en República Dominicana no es una crisis inesperada.
Es un evento predecible.
Y eso es lo más grave.
Porque cuando un país puede anticipar sus tragedias y aun así no logra evitarlas, el problema deja de ser circunstancial.
Se vuelve estructural.
Y ahí ya no basta con lamentar.
Hay que cambiar.










