Donald Trump aseguró que va a abrir el estrecho de Ormuz “de forma permanente”, una frase diseñada para transmitir control en uno de los puntos más sensibles del planeta. El problema es que, por ahora, la realidad cuenta otra historia: el paso sigue condicionado por el bloqueo naval de Estados Unidos a los puertos iraníes, el tráfico marítimo continúa muy por debajo de su nivel habitual y la Casa Blanca ni siquiera ha explicado con precisión qué significa, en términos prácticos, esa supuesta apertura permanente.
La secuencia de los hechos es bastante menos triunfal de lo que sugiere el mensaje presidencial. Reuters reportó que Trump dijo en una entrevista que estaba “abriendo permanentemente” Ormuz y que China estaba satisfecha con ese desenlace, al tiempo que afirmó haber pedido a Xi Jinping que no enviara armas a Irán. Pero la propia agencia subrayó que el sentido concreto de esa afirmación no está claro y que Washington no ha ofrecido detalles adicionales.
Mientras tanto, sobre el agua, la situación sigue siendo de coerción militar, no de normalidad comercial. Estados Unidos mantiene un bloqueo sobre los puertos iraníes después del fracaso de las conversaciones con Teherán, y en las primeras horas de la operación seis barcos dieron media vuelta sin romper el cerco, según el ejército estadounidense. Reuters también informó que el tránsito por Ormuz se mantiene severamente reducido frente a los más de 130 cruces diarios que eran habituales antes de la guerra.
Eso importa porque Ormuz no es un punto cualquiera del mapa. Por esa vía pasa alrededor del 20 % del petróleo y del gas natural licuado transportado por mar en el mundo. Cuando el flujo se altera, no tiembla solo el Golfo. Tiembla la inflación, tiemblan los seguros marítimos, tiembla el costo de la energía y tiemblan las economías importadoras que dependen de que las grandes potencias no conviertan una arteria global en un campo de pulso geopolítico.
Lo que Trump vende como una reapertura permanente se parece más, por ahora, a una imposición militar de la circulación que a una restauración estable del comercio. La navegación no ha vuelto a la normalidad. Sigue marcada por el miedo, el cálculo y la incertidumbre. Un petrolero sancionado de propiedad china, el Rich Starry, regresó al estrecho un día después de haber salido del Golfo, y otros buques siguen operando con extrema cautela en una zona donde el mercado entiende que cualquier error puede disparar otro salto en los precios.
La contradicción es brutal. Washington habla de paz cercana y de “días increíbles”, pero al mismo tiempo sostiene el bloqueo y conserva un nivel de presión que mantiene a la ruta bajo tensión permanente. Reuters informó este 15 de abril que, aunque Trump dijo que la guerra con Irán podría estar cerca de terminar, el paso marítimo sigue prácticamente paralizado y Pakistán volvió a moverse como mediador para intentar reactivar la negociación.
La pregunta ya no es si Ormuz terminará abriéndose otra vez. La pregunta es bajo qué reglas, bajo el control de quién y con cuánto costo acumulado para el resto del mundo. Porque una cosa es reabrir una ruta. Otra muy distinta es convertir su “normalidad” en el resultado de un bloqueo y luego llamarlo estabilidad.










