Caracas. La magnitud del desastre en Venezuela continúa creciendo. El balance oficial por los dos terremotos que sacudieron el país el pasado 24 de junio sigue aumentando a medida que avanzan las labores de rescate, mientras cientos de personas permanecen desaparecidas y decenas de edificios colapsados continúan siendo inspeccionados por los equipos de emergencia.
Las autoridades elevaron la cifra de fallecidos a 235, mientras los heridos superan los 4,300. Además, cientos de personas siguen atrapadas o desaparecidas bajo los escombros, especialmente en las zonas más afectadas de La Guaira y Caracas.
La tragedia ha puesto a prueba la capacidad de respuesta del Estado venezolano.
Equipos de rescate trabajan contra el tiempo entre estructuras inestables, hospitales saturados y severas afectaciones en servicios básicos como electricidad, transporte y telecomunicaciones. La prioridad sigue siendo localizar sobrevivientes, una tarea que se vuelve más difícil con el paso de las horas.
El impacto también comienza a medirse en términos económicos.
Aeropuertos, carreteras, edificios públicos y miles de viviendas resultaron dañados, mientras expertos advierten que la reconstrucción podría extenderse durante años y exigir recursos que Venezuela difícilmente posee en medio de una prolongada crisis económica.
La comunidad internacional ha comenzado a movilizar ayuda humanitaria y equipos especializados de búsqueda y rescate. Estados Unidos, Brasil, México y otros países anunciaron asistencia para apoyar las operaciones de emergencia, dejando de lado, al menos temporalmente, las profundas diferencias políticas que han marcado la relación con Caracas.
Sin embargo, la emergencia deja una lección que trasciende a Venezuela.
Los terremotos no distinguen entre sistemas políticos, ideologías o niveles de desarrollo. Pero sí golpean con mayor fuerza allí donde la infraestructura es más frágil, la planificación urbana es deficiente y la capacidad de respuesta ha sido debilitada durante años.
Para el Caribe y buena parte de América Latina, el desastre constituye una advertencia.
República Dominicana, Haití, Puerto Rico y otras naciones de la región comparten una realidad geológica similar. La prevención, el cumplimiento de normas de construcción y la preparación de los organismos de emergencia terminan siendo tan importantes como la respuesta cuando ocurre la tragedia.
Las labores de rescate continúan y el número de víctimas podría seguir aumentando.
Porque cuando la tierra deja de temblar, comienza una carrera mucho más larga: la de salvar vidas, reconstruir ciudades y recuperar la esperanza de quienes lo perdieron todo.










