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Los signos inequívocos de la decadencia ética |por Slavoj Zizek

Una de las medidas más fiables del progreso ético es el aumento de cierto tipo de dogmatismo. En un país normal no hay debate sobre si la violación y la tortura son tolerables ni sobre cuándo lo son: la gente acepta dogmáticamente que están fuera de lugar, y los que las defienden simplemente son tachados de monstruos. Un signo claro de decadencia ética es que empecemos a debatir sobre la violación (¿existen las «violaciones legítimas»?), o que la tortura no solo se tolere en silencio, sino que se exhiba públicamente. Poco a poco, se hacen posibles cosas que antes eran inimaginables.

He aquí el último caso: en noviembre de 2022, Yevgueni Prigozhin respondió a un vídeo no verificado compartido en Telegram. El vídeo muestra a un hombre identificado como Yevgueni Nuzhin —un antiguo prisionero ruso que había sido reclutado como mercenario del Grupo Wagner— que es ejecutado tras confesar que cambió de bando en septiembre para «luchar contra los rusos». Nuzhin explica que fue secuestrado en Kiev el 11 de octubre, y que volvió en sí en un sótano. Cuando dice estas palabras, un hombre no identificado que merodea vestido de combate detrás de él le golpea con un mazo en la cabeza y el cuello. El vídeo se publicó con el título «El martillo de la venganza». Cuando se le pidió que comentara el vídeo de la ejecución, Prigozhin dijo, en declaraciones difundidas por su portavoz, que el vídeo debería titularse «Un perro recibe una muerte de perro».

Pero aquí no acaba la historia: a finales de noviembre de 2022, el Grupo Wagner de Prigozhin envió un mazo «ensangrentado» en un estuche de violín al Parlamento Europeo, después de que los diputados iniciaran un procedimiento para calificarlos de terroristas. Prigozhin publicó un vídeo en el que se veía a un abogado trajeado que trabajaba para el Grupo Wagner y que portaba un estuche de violín a una habitación vacía: lo coloca sobre una mesa, levanta la tapa del estuche y muestra un mazo muy pulido, con la cabeza grabada con el logotipo de Wagner y el mango embadurnado de pintura roja que representa la sangre. Prigozhin comentó que enviaba el mazo al Parlamento Europeo como «información» antes de que sus miembros tomaran una decisión. Y la historia continúa: Al Jazeera informó más tarde de que un funcionario ucraniano ha declarado que embajadas y consulados ucranianos en seis países europeos han recibido recientemente paquetes con ojos de animales. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Oleg Nikolenko, escribió en Facebook que los «paquetes sangrientos» fueron recibidos por las embajadas ucranianas en Hungría, Países Bajos, Polonia, Croacia e Italia, y por los consulados en Nápoles (Italia), Cracovia (Polonia) y la ciudad checa de Brno.

No es de extrañar que estos acontecimientos fueran comentados por los medios de comunicación como prueba de que «el Ejército Privado de Putin se convierte en un nuevo ISIS», refiriéndose a la forma en que ISIS ejecuta públicamente a sus prisioneros (haciéndoles confesar y luego rebanándoles la garganta con un cuchillo, antes de publicar grabaciones de vídeo de la terrible experiencia en internet). Y no es de extrañar que Irán sea ahora un estrecho aliado de Rusia: ambos países avanzan en la misma dirección. Entre los detenidos y ejecutados por participar en la reciente oleada de protestas iraníes hay cientos de chicas jóvenes. Irán es uno de los últimos países del mundo en ejecutar a «delincuentes juveniles», y la edad de responsabilidad penal es de solo nueve años para las niñas, y de quince para los niños. La ley iraní prohíbe la ejecución de una menor si es virgen, un obstáculo que, según informan desde Australia, «se ha resuelto en el pasado casando a las chicas con guardias de las prisiones para violarlas la noche anterior a sus asesinatos, una práctica documentada durante décadas por periodistas, familias, activistas e incluso un antiguo dirigente».

Ahora las cosas se están torciendo de verdad: Israel (que se presenta orgullosamente como un país democrático) está cada vez más cerca de ser un país fundamentalista-religioso, no muy diferente de sus vecinos fundamentalistas árabes. Por ejemplo, Itamar Ben-Gvir forma parte del gobierno de Netanyahu como ministro de Seguridad Nacional. Antes de entrar en política, Ben-Gvir era conocido por tener en su salón un retrato del terrorista israelí-estadounidense Baruch Goldstein, que en 1994 masacró a veintinueve devotos musulmanes palestinos e hirió a otros ciento veinte en Hebrón, en lo que se conoció como la masacre de la Tumba de los Patriarcas. Entró en política al unirse al movimiento juvenil del partido Kach, que fue designado organización terrorista e ilegalizado por el gobierno israelí. Cuando cumplió la mayoría de edad para alistarse en las Fuerzas de Defensa de Israel, se le prohibió el servicio debido a sus antecedentes políticos de extrema derecha. En las elecciones legislativas israelíes de 2022, el partido de Ben-Gvir tuvo un éxito sin precedentes, duplicando con creces sus votos respecto a las elecciones de 2021 y convirtiéndose en el tercer partido con más representantes de la vigesimoquinta Knéset. Otra señal de la misma decadencia: durante una entrevista con The Blaze, Netanyahu dijo recientemente que

el antisemitismo ha adoptado una nueva forma perniciosa, porque no está de moda decir que eres antisemita. Ni siquiera se dice «soy antiisraelí». Ahora dices: «Soy antisionista. Bueno, no estoy en contra de los judíos, solo que no creo que deban tener un Estado propio». Es como decir: «No soy antiamericano, solo creo que tú no deberías ser americano».

¿No sería una comparación mucho más apropiada: «No soy antipalestino, solo creo que no deberían tener un Estado propio»? Esto nos lleva a la pregunta clave: criticar la ocupación israelí de Cisjordania, ¿es negar el derecho de Israel a existir? Las cosas se ponen aquí mucho más turbias: Netanyahu pidió recientemente que se luchara contra el creciente antisemitismo musulmán y de izquierdas en Europa, horas después de que un informe sobre el antisemitismo publicado por el Ministerio de Asuntos de la Diáspora documentara un aumento mundial de los ataques de extrema derecha contra los judíos durante el año anterior. ¿Por qué ignora Netanyahu el antisemitismo de extrema derecha? Porque confía en él: la nueva derecha occidental es antisemita en su propio país, pero apoya incondicionalmente la existencia del Estado de Israel como barrera contra la invasión musulmana. El antisemitismo sionista es un hecho que debería darnos que pensar.

Abundan los casos similares. Por ejemplo, Jarosław Kaczyński, líder del partido gobernante en Polonia, Ley y Justicia, afirmó hace poco que la baja tasa de natalidad de Polonia se debía principalmente a que las mujeres jóvenes beben demasiado alcohol; resulta, pues, que no es por las condiciones socioeconómicas, sino solo porque las mujeres beben. Incluso si la sugerencia de Kaczyński contuviera una pizca de verdad —que, en mi opinión, no contiene—, deberíamos explicar qué presiones sociales empujan a las jóvenes a buscar consuelo en la bebida. Responder echando la culpa a la «ideología LGBT+» es claramente ridículo.

Cuando aún predominaba la democracia liberal «decente», a los izquierdistas radicales les gustaba señalar que solo era una máscara que ocultaba la obscena y violenta verdad. Ahora estoy tentado de decir: «¡Por favor, que vuelva la máscara!».

Por desgracia, todo esto es solo una cara de la historia. Hoy tenemos dos grandes bloques ideológicos opuestos. Los neoconservadores religiosos (desde Putin y Trump hasta Irán) abogan por un retorno a las antiguas tradiciones ortodoxas cristianas (o musulmanas) frente a la decadencia posmoderna «satánica», que generalmente se centra en cuestiones LGBT+ y transgénero; sin embargo, su política real está llena de obscenidad y violencia bárbaras. En el lado opuesto, la izquierda liberal políticamente correcta predica la permisividad hacia todas las formas de identidad sexual y étnica; sin embargo, en su empeño por garantizar esta tolerancia, necesita cada vez más normas —más «cancelación» y regulación—, que introducen una ansiedad y una tensión constantes en este universo permisivo presuntamente feliz. Estas limitaciones son, en cierto sentido, mucho más fuertes que la prohibición paterna —que provoca el deseo de transgredir—, y ayudan poco a la causa de la emancipación genuina: la distraen de ella. No se puede entender la desordenada reacción del Occidente «democrático» a la guerra de Ucrania sin esta lucha ideológica en Occidente, que a veces se acerca a una guerra civil.

La caracterización de Duane Rousselle del movimiento woke como «racismo en la época de los muchos sin el Uno» puede parecer problemática, pero da en el blanco: en oposición casi exacta a la postura típica del racista —que lucha contra un intruso extranjero que supone una amenaza para la unidad del Uno (digamos, los inmigrantes y los judíos para nuestra nación)— la postura wokereacciona contra aquellos de los que se sospecha que no han abandonado verdaderamente su apego a las viejas formas del Uno (en otras palabras, «patriotas», defensores de los valores patriarcales, eurocentristas…). En este «nuevo orden mundial», se aceptan todas las orientaciones sexuales con una excepción: los hombres blancos cisgénero, a los que se ordena sentirse culpables por lo que son, por sentirse «cómodos en su piel», mientras que a todos los demás (incluso a las mujeres cis) se les permite ser lo que (sienten que) son. Esta postura es cada vez más perceptible en los extraños sucesos que nos rodean. Tomemos el caso del Gettysburg College, que, despertando una comprensible oleada de críticas, aplazó un acto en 2022 para personas que estaban «hartas de los hombres blancos cis». El acto iba a ser organizado por el Centro de Recursos sobre Género y Sexualidad de la universidad, y se animaba a «los asistentes a “venir a pintar y escribir acerca de” sus frustraciones con los hombres que se “sienten cómodos en su piel” blanca». Como era de esperar, muchos acusaron a la universidad de fomentar el racismo. Probablemente también se esperaba que los propios hombres blancos cis participaran en el acto, aunque de forma autocrítica, expresando su incomodidad con respecto a su piel y su culpabilidad con respecto a su orientación sexual.

Es en estos términos como podemos explicar la paradoja de que, en la cultura woke y la cultura de la cancelación, la fluidez no binaria coincide con su opuesto. La prestigiosa École normale supérieure de París ha debatido una propuesta para establecer en sus dormitorios comunes pasillos reservados exclusivamente a individuos que hayan elegido la mixidad/diversidad (mixité choisie) como su identidad de género, con exclusión de los hombres cisgénero (hombres cuyo sentido de la identidad personal y del género se corresponden con su sexo de nacimiento). Las normas propuestas son estrictas: por ejemplo, a quienes no se ajusten a los criterios no se les permitirá pasar ni siquiera brevemente por estos pasillos. La idea también abre la vía a nuevos límites: si un número suficiente de individuos se identifica en términos más específicos, se les puede reservar un pasillo. Hay que señalar tres características de esta propuesta: en primer lugar, que solo excluye a los hombres cisgénero, no a las mujeres cisgénero; en segundo lugar, que no se basa en ningún criterio objetivo de clasificación, sino solo en una autodesignación subjetiva; en tercer lugar, que exige nuevas subdivisiones clasificatorias, lo que demuestra que todo el énfasis en la plasticidad, la elección y la diversidad acaba en lo que no se puede sino llamar un nuevo apartheid, una nueva red de identidades fijas. Por eso la postura woke ofrece el caso supremo de cómo la permisividad se convierte en prohibición universal: en un régimen políticamente correcto, nunca sabemos si algunos de nosotros seremos cancelados por nuestros actos o palabras, ni cuándo; el criterio es siempre confuso.

Con toda su declarada oposición a las nuevas formas de barbarie, la izquierda woke participa plenamente de ella, promoviendo y practicando un discurso plano y sin ironía. Aunque defiende el pluralismo y promueve la diferencia, su posición subjetiva de enunciación —el lugar desde el que habla— es extremadamente autoritaria, permitiendo un debate muy limitado e imponiendo exclusiones que a menudo se basan en premisas arbitrarias. Sin embargo, en todo este embrollo, siempre debemos tener en cuenta que el wokeísmo y la cultura de la cancelación se limitan de facto al estrecho mundo de la academia (y, hasta cierto punto, a algunas profesiones intelectuales como el periodismo), mientras que la sociedad en general se mueve en la dirección opuesta. La cultura de la cancelación, con su paranoia implícita, es un intento desesperado (y obviamente ineficaz) de compensar los problemas y tragedias reales a los que se enfrentan las personas LGBT+, la violencia y la exclusión a las que están sometidas permanentemente. La respuesta a esta violencia no puede consistir en replegarse a una fortaleza cultural, un seudo «espacio seguro» cuyo fanatismo discursivo deja intacta e incluso refuerza la resistencia de la mayoría contra ella. Contrariamente a quienes afirman que el wokeísmo está retrocediendo en la vida académica y cultural, creo que más bien se está «normalizando» de forma gradual, siendo ampliamente aceptado incluso por quienes en privado dudan de sus principios, y practicado por la mayoría de las instituciones educativas y estatales. Por eso merece más que nunca nuestra crítica, como también la merecen sus opuestos: la obscenidad del nuevo populismo y el fundamentalismo religioso.

En su peor versión, la cultura de la cancelación tiene un tono claramente fundamentalista: algo concreto que hayas hecho o dicho puede ser elevado inesperadamente al estatus universal de error imperdonable. Esto significa que un caso concreto (una expresión que has utilizado, por ejemplo) no se condena porque no encaje en una regla universal clara, sino porque se le da un nuevo giro a la propia universalidad. No es de extrañar, pues, que a los obscenos populistas de derechas les guste provocar a los activistas de lo políticamente correcto: que disfruten con su estatus de objeto privilegiado de lo que Lacan llamaba odioenamoramiento, un objeto que a los demás les encanta odiar. He observado la misma postura al hablar con mis conocidos serbios: a muchos de ellos les gusta quejarse de que todo el mundo los odia, percibiéndolos como responsables del atroz crimen de Srebrenica y de la «limpieza étnica». Pero ¿es realmente así? Creo que este sentimiento de ser tratado como un paria es un movimiento defensivo: la realidad es que ahora, con todos los demás problemas en los que estamos inmersos, la gente de todo el mundo es cada vez más indiferente hacia Serbia (y hacia los populistas de derechas en general); no les importan los serbios, así que lo que hay detrás de la queja de los serbios es más bien un deseo desesperado de seguir siendo el centro de atención, incluso como objeto de odio: mejor el odio que la indiferencia. En otras palabras, lo que realmente echan de menos los serbios es que ya no son el fascinante objeto de odioenamoramiento.

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