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Santo Domingo se volvió a inundar: el drenaje colapsa y el país sigue llamándolo “lluvia”

Bastaron unas horas de aguacero para que el Gran Santo Domingo volviera a exhibir una verdad que ya nadie debería discutir: el sistema de drenaje de la capital no resiste. Las lluvias del 8 y 9 de abril dejaron calles anegadas, viviendas afectadas, vehículos atrapados y múltiples comunidades bajo agua, en una escena que Listín Diario describió como la exposición de las deficiencias del drenaje urbano. 

Los datos del episodio no fueron menores. Según Diario Libre, en varios puntos del Gran Santo Domingo se registraron acumulados excepcionales, con 314 milímetros en Ensanche Julieta, 283.4 milímetros en el Jardín Botánico, 280.2 en Villa Marina y 200.9 en Los Cacicazgos, todos en pocas horas. 

Con ese volumen, el colapso urbano fue inmediato. Hubo inundaciones en calles y avenidas, restricción del tránsito en varias vías y afectaciones extendidas en el Gran Santo Domingo, mientras el COE y otras autoridades mantenían alertas por inundaciones urbanas y crecidas. 

El presidente Luis Abinader defendió que ningún sistema de drenaje está preparado para resistir semejante cantidad de agua en tan poco tiempo. La frase busca explicar el fenómeno. Pero no alcanza para absolver décadas de improvisación. Porque una ciudad puede no estar diseñada para lo extraordinario y, aun así, estar mucho mejor preparada de lo que hoy está Santo Domingo. 

Ese es el punto incómodo. Desde hace años se sabe que buena parte de Santo Domingo carece de un sistema pluvial integral y que muchas soluciones descansan en imbornales y pozos filtrantes que fallan cuando el suelo se satura y las lluvias son intensas y prolongadas. Ese diagnóstico no apareció ayer. Ya estaba documentado. 

Lo ocurrido esta semana no fue solo un evento climático. Fue una prueba de Estado. Y el resultado vuelve a ser mediocre.

Desde una perspectiva socialdemócrata, el problema no puede reducirse a “la naturaleza fue demasiado fuerte”. Ese reflejo sirve para la excusa, no para la gestión. La ciudad creció sin planificación suficiente, el drenaje quedó rezagado frente a la expansión urbana y las inversiones estructurales han sido mucho más lentas que el concreto, el asfalto y la especulación inmobiliaria. Cuando eso pasa, la lluvia deja de ser un fenómeno natural y se convierte en un multiplicador de desigualdad.

Porque no todos se inundan igual.

El que tiene planta, seguro y vehículo alto pierde tiempo. El que vive al borde de una cañada, en una vivienda frágil o en un barrio sin infraestructura pierde muebles, trabajo, tranquilidad y, a veces, la vida. AP reportó que estas lluvias ya dejaron una niña muerta por el colapso de una pared en Santo Domingo, más de mil viviendas dañadas, interrupciones eléctricas y de agua, y miles de evacuados. 

Eso es lo central: el drenaje no es una obra ornamental. Es política social. Es protección de la vida urbana. Es Estado evitando que cada vaguada se convierta en castigo para los mismos de siempre.

Y sin embargo, el país sigue reaccionando como si cada episodio fuera una sorpresa. Operativos, declaraciones, cámaras, tránsito colapsado, funcionarios hablando de “fenómenos atípicos”. Luego baja el agua y vuelve el olvido administrativo, esa disciplina tan dominicana de dejar que el próximo aguacero haga la próxima auditoría.

Santo Domingo no necesita solo limpieza de imbornales ni comunicación de crisis. Necesita una estrategia metropolitana de drenaje, inversión sostenida, mantenimiento riguroso, control del uso de suelo y una política urbana que deje de tratar la infraestructura como un parche.

Porque cuando una capital se paraliza cada vez que llueve fuerte, el problema ya no está en las nubes.

Está en el poder.

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