Santo Domingo. Dirigentes políticos, familiares y diversas personalidades participaron en el acto conmemorativo por el natalicio de Hatuey Decamps, uno de los políticos más singulares de la democracia dominicana reciente. Más que un homenaje, el encuentro volvió a poner sobre la mesa el legado de un dirigente que hizo de la independencia política una forma de ejercer el poder.
Decamps ocupó importantes posiciones en el Estado, dirigió uno de los principales partidos del país y terminó rompiendo con estructuras que él mismo había ayudado a construir cuando entendió que sus principios ya no coincidían con el rumbo que tomaban.
Ese recorrido explica por qué su figura sigue despertando respeto incluso entre antiguos adversarios.
En una época donde la disciplina partidaria suele confundirse con obediencia absoluta, Hatuey defendió una idea poco común: la lealtad no consiste en callar, sino en mantener la capacidad de disentir cuando las circunstancias lo exigen.
No siempre tuvo razón.
Pero casi nunca eligió el camino más cómodo.
Ese quizá sea el rasgo que mejor resume su trayectoria.
La política dominicana suele premiar a quienes administran estructuras, conservan cuotas de poder y evitan conflictos internos. Hatuey hizo exactamente lo contrario en varias etapas de su vida pública. Asumió costos políticos por decisiones que sabía impopulares y aceptó quedar aislado cuando creyó que sus convicciones estaban en juego.
Esa actitud explica por qué su legado trasciende las organizaciones a las que perteneció.
Su figura plantea una pregunta que sigue vigente para toda la dirigencia nacional.
¿Debe un líder proteger siempre a su partido o debe proteger primero las ideas que le dieron origen?
No existe una respuesta sencilla.
Pero la historia demuestra que los partidos sobreviven cambiando dirigentes. Lo que rara vez sobrevive es una organización que pierde por completo la capacidad de debatir consigo misma.
En un momento en que buena parte de la política parece dominada por cálculos electorales permanentes, recordar a Hatuey Decamps también significa recordar que la coherencia sigue teniendo un valor, aunque pocas veces produzca victorias inmediatas.
Los homenajes son importantes.
Pero la mejor manera de honrar a un dirigente no consiste únicamente en recordar sus discursos.
Consiste en preguntarse si las virtudes que hoy se le reconocen siguen teniendo espacio en la política dominicana de nuestros días.










