Jerusalén. Después de años de conflictos consecutivos en Gaza, Líbano, Yemen, Siria e Irán, una sensación de agotamiento comienza a extenderse dentro de Israel. Lo que durante mucho tiempo fue presentado como una sucesión de campañas necesarias para garantizar la seguridad nacional empieza a generar frustración, dudas y desgaste social.
Según reporta El País, el problema ya no es únicamente militar. Es psicológico, político y social. Desde los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, cientos de miles de reservistas han sido movilizados repetidamente, afectando carreras profesionales, familias y la vida cotidiana de una parte importante de la población israelí.
La promesa de una “victoria total” formulada por el gobierno de Benjamin Netanyahu tampoco ha producido los resultados esperados por muchos ciudadanos.
Hamás no ha desaparecido.
Hezbolá sigue siendo una fuerza relevante.
Irán mantiene influencia regional.
Y los acuerdos de paz impulsados por Estados Unidos han llegado sin que Israel alcanzara todos los objetivos estratégicos que se había planteado.
Las encuestas citadas por diversos medios muestran un crecimiento del pesimismo y de la percepción de que el país se encuentra atrapado en una lógica de conflicto permanente. Una mayoría creciente considera que ha llegado el momento de buscar salidas políticas a algunas de las guerras abiertas.
Sin embargo, la sociedad israelí no está unificada en esa conclusión.
Existe también un sector importante que considera que reducir la presión militar sería interpretado por sus adversarios como una señal de debilidad y pondría en riesgo la seguridad nacional.
Ese es el gran dilema israelí.
La guerra ha sido durante décadas una herramienta de supervivencia para el Estado.
Pero una sociedad puede acostumbrarse a muchas cosas, excepto a vivir indefinidamente en estado de movilización.
El propio presidente israelí, Isaac Herzog, llegó recientemente a advertir sobre un proceso de “brutalización” de la sociedad y una creciente normalización de la violencia en el debate público.
La paradoja es evidente.
Israel sigue siendo una de las potencias militares más fuertes de la región.
Pero la fortaleza militar no elimina automáticamente el cansancio social.
Porque las guerras se libran con tanques, aviones y misiles.
Pero también se libran con familias, empleos, expectativas y vidas cotidianas.
Y cuando una nación entra en una lógica de guerra casi permanente, la pregunta deja de ser quién gana la próxima batalla.
La pregunta pasa a ser cuánto tiempo puede una sociedad sostener ese ritmo sin empezar a cambiar por dentro.










