Moscú. Rusia lanzó una nueva oleada de ataques grupales con armas de precisión y drones contra objetivos militares e infraestructura vinculada a las Fuerzas Armadas de Ucrania, en una ofensiva que, según el Ministerio de Defensa ruso, alcanzó centros de producción de armamento, depósitos logísticos, aeródromos militares y puestos de mando.
Moscú sostiene que los bombardeos forman parte de una estrategia para reducir la capacidad militar ucraniana antes de nuevas operaciones terrestres. Kiev, por su parte, denuncia que muchos de estos ataques terminan afectando infraestructura civil y que la escasez de sistemas de defensa aérea permite que una parte importante de los misiles balísticos alcance sus objetivos.
La ofensiva confirma un cambio en la guerra.
Rusia ya no busca únicamente conquistar territorio.
También intenta desgastar la capacidad de Ucrania para seguir combatiendo. Cada fábrica de armas destruida, cada depósito de municiones alcanzado y cada subestación eléctrica inutilizada persigue el mismo objetivo: reducir la resistencia ucraniana sin necesidad de avanzar kilómetro por kilómetro en el frente.
La estrategia tiene lógica militar.
Pero también un enorme costo humano.
Cuando la infraestructura energética, industrial y logística queda bajo ataque permanente, las consecuencias terminan alcanzando a millones de civiles que enfrentan cortes eléctricos, dificultades de abastecimiento y una economía cada vez más debilitada.
El otro gran problema aparece del lado ucraniano.
Las reservas de sistemas antimisiles de largo alcance, especialmente los Patriot, siguen siendo insuficientes para interceptar la mayoría de los misiles balísticos rusos. Esa vulnerabilidad ha permitido a Moscú aumentar la efectividad de sus ataques durante las últimas semanas.
La guerra entra así en una nueva etapa.
No se define únicamente por quién ocupa más territorio.
Se define por quién logra sostener durante más tiempo su capacidad industrial, energética y militar.
Esa es la batalla que hoy se libra.
Una guerra de desgaste donde las fábricas pueden ser tan importantes como los tanques y donde destruir la capacidad de producir armas puede resultar tan decisivo como ganar una batalla en el frente.
Después de más de cuatro años de conflicto, una conclusión parece evidente.
Ni Rusia tiene fuerza suficiente para imponerse rápidamente.
Ni Ucrania dispone de los recursos necesarios para resistir indefinidamente sin el respaldo constante de sus aliados occidentales.










